Viernes, 10 de abril del 2026
La pérdida de grasa corporal suele estar rodeada de mitos, rutinas intensas y dietas restrictivas que, aunque funcionan a corto plazo, rara vez se mantienen en el tiempo. Por eso, cada vez más especialistas coinciden en que el enfoque debe cambiar: dejar de ver la grasa como enemiga y empezar a entenderla como una fuente clave de energía.
“La grasa tiene mala fama, pero es esencial para el organismo”, explica la entrenadora Alina Cox. No solo actúa como reserva energética, también interviene en funciones vitales como la regulación hormonal, el sistema inmunológico y la protección de órganos.
En la misma línea, la nutricionista Veronika Larisova destaca que el tejido adiposo cumple un papel fundamental en el equilibrio del cuerpo, influyendo en procesos como el apetito, la inflamación y la sensibilidad a la insulina.
Desde el punto de vista energético, la grasa es un combustible altamente eficiente. A diferencia de los carbohidratos, aporta más del doble de energía por gramo, lo que la convierte en una reserva clave, especialmente durante actividades de baja intensidad. De hecho, incluso una persona delgada puede almacenar decenas de miles de calorías en forma de grasa.
El proceso mediante el cual el cuerpo utiliza esta energía se conoce como lipólisis, seguido de la oxidación de ácidos grasos, donde las reservas se transforman en combustible utilizable por las células.
Sin embargo, el entrenador Adam Enaz aclara que no existe un atajo: “No hay un tipo de ejercicio que queme grasa de forma mágica. Lo importante es el balance energético total a lo largo del tiempo”. Es decir, gastar más calorías de las que se consumen sigue siendo la base de la pérdida de grasa.
Aun así, no todo se reduce a comer menos. El entrenamiento de fuerza juega un papel clave, ya que el músculo es metabólicamente activo y permite quemar calorías incluso en reposo. Estudios recientes han demostrado que combinar déficit calórico con ejercicios de fuerza no solo favorece la pérdida de grasa, sino que también ayuda a conservar —e incluso ganar— masa muscular.
Los expertos coinciden en que la estrategia más efectiva se basa en cuatro pilares: alimentación equilibrada, entrenamiento de fuerza, actividad diaria constante y una buena recuperación.
Más que obsesionarse con la báscula o el espejo, el enfoque debería centrarse en el rendimiento y el bienestar. Entender que la grasa es combustible —y no solo un exceso que eliminar— puede marcar la diferencia entre un proceso frustrante y un cambio sostenible a largo plazo.
En este sentido, rutinas como los entrenamientos metabólicos, los ejercicios de contraste o los intervalos de alta intensidad pueden ser aliados eficaces, siempre que se integren en un plan equilibrado y disfrutable.
Al final, la clave no está en sufrir más, sino en entrenar y alimentarse mejor.
Fuente: gq.com.mx