Domingo, 16 de agosto del 2026
Una paciente que vive en Estados Unidos me cuenta que se está inyectando péptidos, concretamente BPC-157 y TB-500, y me pregunta si me parecen un buen tratamiento para mejorar la piel y envejecer mejor. No es una pregunta extraña. Los péptidos se han convertido en una de las últimas estrellas de la medicina de la longevidad. Incluso Robert F. Kennedy Jr., secretario de Salud de Estados Unidos, ha hablado públicamente de su interés por determinados péptidos y de su uso personal. Pero, ¿qué dice realmente la ciencia?
En el caso del BPC-157 y el TB-500, gran parte de los resultados que se utilizan para defender sus posibles beneficios proceden de estudios preclínicos, fundamentalmente en animales. La investigación clínica en humanos es muy limitada y no permite afirmar que estos productos rejuvenezcan la piel, aceleren de forma clínicamente relevante su reparación o tengan un efecto antienvejecimiento demostrado. Y el problema no es únicamente si funcionan.
Desconocemos cuál sería la dosis adecuada, cuáles pueden ser todos sus efectos adversos, qué ocurre cuando se utilizan durante meses o años y, además, existe otro problema especialmente importante cuando se compran fuera de los circuitos farmacéuticos regulados: no siempre sabemos con certeza qué contiene el vial que el paciente se está inyectando.
Por eso conviene evitar una confusión frecuente. La insulina es un péptido. Los medicamentos basados en GLP-1 también lo son y han transformado el tratamiento de enfermedades como la diabetes y la obesidad. Pero detrás de ellos existen ensayos clínicos, dosis precisas, controles de fabric
No podemos colocar en el mismo nivel un medicamento aprobado después de rigurosos ensayos clínicos y una sustancia promocionada en internet con una evidencia humana todavía insuficiente.
En España, ni la Agencia Española de Medicamentos y Productos Sanitarios ni la Agencia Europea de Medicamentos han aprobado BPC-157 o TB-500 como medicamentos para uso humano.
Por tanto, cuando mi paciente me pregunta si debería utilizarlos para mejorar su piel, mi respuesta es sencilla: yo no lo haría mientras no dispongamos de buenos estudios en humanos que demuestren su eficacia y, sobre todo, su seguridad.
Pero esta conversación sobre los péptidos plantea una cuestión mucho más interesante. Hay un regalo que viene con la edad: la tranquilidad de haber visto pasar suficientes modas como para empezar a distinguir lo que es ciencia de lo que es marketing. Y, sobre todo, la libertad de poder decirlo.
Vivimos una época fascinante. Nunca hemos tenido tanta información sobre la piel, la salud y el envejecimiento y, paradójicamente, probablemente nunca haya habido tanta confusión.
Después de décadas trabajando como dermatólogo, he comprobado que muchas supuestas revoluciones tienen una vida media sorprendentemente corta. He visto pasar las cremas de placenta, las células madre vegetales en frascos, el colágeno milagroso, las dietas detox, los antioxidantes que supuestamente iban a detener el envejecimiento, los superalimentos, los exosomas y ahora los péptidos que prometen rejuvenecernos.
Algunas de estas tecnologías podrían acabar demostrando utilidad. Otras desaparecerán. El problema es que hoy el marketing suele llegar mucho antes que la ciencia.
Cuando escucho determinadas promesas, sonrío. Si un tratamiento es realmente extraordinario, no debería necesitar un ejército de influencers para convencernos. La buena medicina acaba imponiéndose por los resultados, no por los vídeos de quince segundos.
Con frecuencia me preguntan qué opino sobre la última tendencia viral. A veces esperan entusiasmo y otras, indignación. La mayoría de las veces mi respuesta es mucho más aburrida: No lo sabemos todavía.
Y creo que deberíamos reivindicar esas cuatro palabras. En ciencia, reconocer lo que todavía ignoramos es mucho más honesto que ofrecer una certeza prematura. Las redes sociales premian al que habla más alto, al que promete más y al que simplifica mejor. La medicina debería seguir premiando al que aporta mejores pruebas.
También he aprendido otra cosa con los años: no necesitamos medicalizar cada síntoma, cada arruga y cada mancha. Como defiendo en mi último libro, Larga vida a tu piel, el envejecimiento no es una enfermedad. Es la vida.
No existen demasiados secretos ocultos para vivir más y mejor. No hay un péptido, un suplemento, un análisis de 200 biomarcadores o una molécula clandestina que sustituya a no fumar, hacer ejercicio, dormir adecuadamente, mantener relaciones sociales, comer razonablemente bien, controlar los factores de riesgo cardiovascular y disponer de una buena atención sanitaria. Ya lo dice el refranero español: poco plato, mucho trato y mucho zapato. Así que de momento no nos vamos a inyectar esos péptidos rejuvenecedores.
La búsqueda obsesiva del elixir de la longevidad puede incluso hacernos olvidar algo esencial: al final no se trata de conseguir años vividos, sino de vida vivida.
Fuente: El Confidencial