Domingo, 6 de septiembre del 2026
Una noche de pocas horas puede bastar para despertar cansado, irritable y con dificultades para concentrarse. Cuando dormir menos de lo necesario se convierte en una costumbre, las consecuencias pueden ir mucho más allá de tener sueño durante el día.
El sueño es un proceso fundamental para que el cerebro y el organismo se recuperen. Mientras dormimos, el cuerpo participa en procesos relacionados con la memoria, la reparación de tejidos, el funcionamiento del sistema inmunitario, el metabolismo y la regulación cardiovascular.
No existe una cifra idéntica para todas las personas. Las necesidades cambian considerablemente con la edad.
De acuerdo con los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades de Estados Unidos (CDC), estas son las cantidades recomendadas:
| Edad | Horas de sueño recomendadas |
|---|---|
| Recién nacidos, 0 a 3 meses | 14 a 17 horas |
| Bebés, 4 a 12 meses | 12 a 16 horas, incluyendo siestas |
| Niños de 1 a 2 años | 11 a 14 horas, incluyendo siestas |
| Niños de 3 a 5 años | 10 a 13 horas |
| Niños de 6 a 12 años | 9 a 12 horas |
| Adolescentes de 13 a 17 años | 8 a 10 horas |
| Adultos de 18 a 60 años | Al menos 7 horas |
| Adultos de 61 a 64 años | 7 a 9 horas |
| Mayores de 65 años | 7 a 8 horas |
Por ejemplo, para un adulto dormir habitualmente cinco o seis horas ya puede considerarse insuficiente, especialmente si durante el día presenta cansancio, somnolencia o problemas de concentración.
Una noche ocasional durmiendo menos no equivale necesariamente a tener un problema de sueño. El riesgo aumenta cuando la falta de descanso se repite de manera frecuente.

Uno de los primeros órganos en resentir una mala noche es el cerebro.
Dormir insuficientemente puede reducir la capacidad para concentrarse, aprender, recordar información, resolver problemas y reaccionar rápidamente. También puede afectar la toma de decisiones y el manejo de las emociones.
Por eso, después de dormir poco es común sentirse distraído, cometer más errores o tardar más tiempo en realizar actividades que normalmente resultan sencillas.
El mal humor después de una noche en vela tiene una explicación.
La falta de sueño puede dificultar la regulación emocional y favorecer irritabilidad, frustración, tristeza o preocupación. Cuando el déficit de sueño se mantiene durante mucho tiempo también se ha relacionado con problemas de salud mental, incluida la depresión.
Dormir poco también puede modificar las señales relacionadas con el apetito.
El Instituto Nacional del Corazón, los Pulmones y la Sangre de Estados Unidos señala que la deficiencia de sueño puede alterar hormonas como la grelina, relacionada con el hambre, y la leptina, vinculada con la sensación de saciedad.
Cuando falta sueño puede aumentar la grelina y disminuir la leptina, haciendo que una persona tenga más apetito.
Además, la falta de descanso puede alterar la manera en que el organismo responde a la insulina y afectar el control de la glucosa.
Dormir forma parte del funcionamiento normal del sistema inmunitario.
Una deficiencia de sueño constante puede modificar la respuesta del organismo frente a virus, bacterias y otros agentes infecciosos, dificultando su capacidad para combatir algunas enfermedades.
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Durante ciertas etapas del sueño disminuyen la frecuencia cardiaca y la presión arterial, dando al sistema cardiovascular un periodo de menor actividad.
Cuando el sueño es insuficiente o se interrumpe constantemente, este proceso puede verse afectado.
A largo plazo, dormir poco de manera habitual se ha relacionado con un mayor riesgo de hipertensión, enfermedades cardiovasculares y accidente cerebrovascular.
Existe la idea de que el cuerpo termina acostumbrándose a dormir poco. Sin embargo, el Instituto Nacional del Corazón, los Pulmones y la Sangre advierte que es un mito pensar que una persona puede adaptarse permanentemente a pocas horas de sueño sin experimentar consecuencias negativas.
Además de las horas, importa la calidad del descanso. Una persona puede permanecer ocho horas en la cama y aun así tener un sueño deficiente si despierta repetidamente o existe algún trastorno que impida alcanzar las diferentes etapas del sueño.
Por ello, señales como despertarse constantemente cansado, quedarse dormido involuntariamente durante el día, roncar intensamente, sufrir pausas en la respiración durante la noche o necesitar dormir muchas horas y aun así sentirse agotado justifican consultar con un profesional de la salud.
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