Martes, 6 de enero del 2026
¿Quién no ha experimentado esa extraña -e incómoda- sensación de que enero se siente como si nunca terminara? Sí, es la última semana del primer mes del año y parece ser que se ha prolongado más de la cuenta. A veces nos encontramos con chistes en redes que dicen cosas como: “ya estamos a 37 de enero”. Pero ¿a qué se debe esto? ¿Cuál es la razón científica por la que enero parece dilatarse de manera interminable?
El reloj del cerebro no funciona como el de la pared
La ciencia lleva décadas intentando explicar por qué el tiempo se estira o se encoge según la situación. William Skylark, investigador de la Universidad de Cambridge especializado en percepción temporal, lo dice de forma directa: el tiempo mental es una métrica frágil frente a la duración física. Dicho de otro modo, el cerebro no registra el paso de los minutos con precisión matemática. Lo interpreta.
Ese proceso depende del contexto, del estado emocional y del nivel de estimulación. Por eso hay días que pasan en un suspiro y otros que parecen no avanzar.
Miedo, aburrimiento y cafeína: cómo se distorsiona el tiempo
Los experimentos lo confirman. Sustancias estimulantes como la cafeína aceleran la sensación de paso del tiempo. En cambio, emociones intensas como el miedo lo ralentizan. En estudios donde los participantes veían películas de terror, muchos afirmaban que el tiempo había pasado más lento. El cerebro, en estado de alerta, reduce la velocidad de su reloj interno.
Ese reloj se asocia principalmente al cuerpo estriado, una región del cerebro implicada en el conteo de intervalos cortos. Aunque los investigadores sospechan que otras áreas, como el hipocampo, también intervienen. No es un sistema único ni perfectamente sincronizado, y ahí empieza el problema.
Enero llega después del mes más sobreestimulado del año
Enero llega justo después de diciembre, un mes igual de largo en días, pero radicalmente distinto en estímulos y ritmo. Diciembre se celebra en medio de reuniones, celebraciones, viajes, horarios rotos, gasto emocional y físico. Todo ocurre rápido, aunque el calendario diga lo contrario.
Enero, en cambio, baja el volumen y el ritmo de golpe. Zhenguang Cai, doctorando en la University College London que estudia la percepción del tiempo, apunta que volver al trabajo tras las vacaciones suele generar aburrimiento, especialmente cuando se compara con la estimulación de diciembre. Ese contraste hace que el tiempo se sienta más lento.
La dopamina también decide cuánto dura el mes
Aquí entra en juego la llamada hipótesis del reloj dopaminérgico. La dopamina, neurotransmisor vinculado a la motivación y la recompensa, acelera el reloj interno. Cuando hay motivación, el tiempo vuela. Cuando no la hay, se arrastra.
Estudios en animales han respaldado esta idea, aunque en humanos el panorama es más complejo. Aun así, el principio se mantiene: enero suele venir acompañado de menos estímulos gratificantes y más rutina. Menos dopamina, más lentitud percibida.
Fuente: esquirelat.com