Lunes, 12 de enero del 2026
El juego no es un lujo ni un capricho sino una necesidad real en la vida de cualquier michi, tenga la edad que tenga.
Aunque solemos ver a los gatos como animales independientes, la realidad es que también se aburren, se estresan y pueden desarrollar ansiedad. Cuando no tienen estímulos suficientes, ese desequilibrio se manifiesta de formas que muchos conocemos bien: muebles destrozados, maullidos nocturnos, apatía o incluso agresividad.
El juego conecta con su instinto más básico
El juego no es solo entretenimiento. Para un gato es una simulación directa de la caza. Cuando persigue una pluma, acecha un juguete o salta para “atrapar” algo, está expresando conductas naturales que necesita liberar. Ignorar este punto es como pedirle que reprima lo que es por naturaleza.
Además, esta actividad mantiene su cuerpo activo y su mente alerta. Saltar, correr, calcular distancias y reaccionar rápido son ejercicios físicos y mentales al mismo tiempo. En especial para gatos que viven exclusivamente en interiores, el juego es clave para evitar el sobrepeso y el sedentarismo.
Menos estrés, menos problemas en casa
He comprobado que muchos comportamientos “problemáticos” desaparecen o disminuyen cuando el gato tiene una rutina de juego constante. El marcaje con orina, el rascado compulsivo o los maullidos excesivos suelen ser señales de aburrimiento o estrés acumulado.
Aquí ayudan mucho los rascadores altos, las repisas para escalar o las perchas de ventana. Mirar hacia afuera, observar pájaros o simplemente estar en lo alto ya es una forma de estimulación. Si a eso le sumas sesiones diarias de juego, el cambio es evidente: gatos más tranquilos y hogares más intactos.
El vínculo también se entrena
Jugar con tu gato no solo lo beneficia a él. A mí me sirvió para entender mejor su lenguaje, sus tiempos y sus límites. El juego genera confianza, especialmente en gatos tímidos o recién adoptados. No se trata de forzarlos, sino de compartir un espacio positivo donde él se sienta seguro.
Establecer una rutina —aunque sean 15 o 20 minutos al día— crea un hábito que el gato espera y disfruta. Esa constancia fortalece el vínculo y mejora la convivencia.
Fuente: esquirelat.com