Martes, 20 de enero del 2026
La muerte de Valentino Garavani, a los 93 años, no es solo una noticia para la industria de la moda: es el punto final de una época irrepetible. Roma, la ciudad donde levantó su imperio creativo, fue también el lugar donde se apagó su vida, de manera tranquila y acompañado por los suyos. Así lo confirmó la Fundación Valentino Garavani y Giancarlo Giammetti.
Un talento que se formó lejos de casa
Valentino Clemente Ludovico Garavani nació el 11 de mayo de 1932 en Voghera, al norte de Italia. Su primer contacto con la moda fue doméstico y casi silencioso: ayudaba a su tía modista, observando telas, cortes y gestos. A los 17 años tomó una decisión que definiría todo lo que vino después: se mudó a París para aprender de los mejores.
En la École des Beaux-Arts y en la Chambre Syndicale de la Couture Parisienne entendió que la alta costura no era solo diseño, sino disciplina. Allí trabajó junto a figuras como Balenciaga, Jean Dèsses y Guy Laroche, absorbiendo una visión casi arquitectónica de la moda. Esa formación francesa le dio algo que nunca perdería: rigor.
Roma, el amor y la estrategia
A finales de los años cincuenta, Valentino regresó a Italia con una idea clara y ambiciosa. En 1959 abrió su primer atelier en la Via Condotti, en Roma, apoyado por su familia. Poco después conoció a Giancarlo Giammetti, una figura clave en su vida personal y profesional. En 1960 fundaron juntos la Maison Valentino.
La fórmula funcionó porque ambos sabían exactamente qué querían hacer —y qué no—. Valentino diseñaba para embellecer, no para provocar. Giammetti construía la estructura empresarial que permitía sostener esa visión.
El momento en que todo cambió
Los años sesenta marcaron el despegue definitivo. Tras presentarse en la Sala Bianca del Palazzo Pitti en 1962, Valentino confirmó su estatus en 1967 con una colección completamente blanca que descolocó a la industria y fue visto como una declaración de confianza absoluta.
A partir de ahí, su nombre quedó asociado al glamour más depurado y a un color que se volvió leyenda: el rosso Valentino. Ese rojo intenso, inspirado por una experiencia en la ópera de Barcelona, terminó convirtiéndose en una firma emocional, no solo estética.
El diseñador de los grandes momentos
Valentino entendía el poder simbólico de la ropa como pocos. Jackie Kennedy fue una de sus grandes aliadas, confiando en él para momentos decisivos de su vida pública y privada, incluida su boda con Aristóteles Onassis. Después vendrían Elizabeth Taylor, Audrey Hepburn, Sophia Loren, Diana de Gales, Julia Roberts, Gwyneth Paltrow y Naty Abascal.
Valentino: El último emperador
Para quien quiera entender a Valentino más allá del mito, el documental Valentino: El último emperador, dirigido por Matt Tyrnauer, es una pieza clave. Filmado entre 2005 y 2007 y presentado en el Festival de Venecia, ofrece acceso directo a la intimidad del diseñador y a su relación con Giammetti, su socio durante más de medio siglo.
No es una biografía tradicional. Es el retrato de una mentalidad: la de un creador que vivió el glamour sin ironía y sin disculpas, en una industria que ya empezaba a cambiar de piel.
Fuente: esquirelat.com