¿Es posible trabajar menos cuando amas tu trabajo?

Sábado, 11 de enero del 2025

Si te has preguntado cuál es el secreto para trabajar menos en un mundo tan acelerado e hiperconectado, déjame contarte mi historia.

 

El año pasado no me planteé muchos propósitos porque pensé que solo necesitaba uno para vivir alegre y satisfecho: 2024 sería el año en que “haría menos”. Me comprometí a decir “no” descaradamente, a no ceder a las presiones sociales sobre eventos a los que no quería asistir. También me propuse no realizar demasiadas tareas en un solo día, sobre todo por la mañana. Aunque soy susceptible a la cultura de levantarse y trabajar duro, opté por no empezar cada día metiéndome en un baño helado a las cuatro de la mañana mientras escuchaba un audiolibro de David Goggins a 2x de velocidad. Me despertaría cuando quisiera, me mantendría activo o me tiraría 45 minutos en la cama a jugar Wordle. Cualquiera de las dos opciones me parecía bien.


Luego estaba la última, la resolución más importante y no negociable de 2024: Trabajar menos.


La complicada misión de trabajar menos

Me fue bien con los dos primeros objetivos. Creé un límite firme alrededor de mi vida social y dejó de importarme lo que había logrado antes de las siete de la mañana. Pero mis hábitos laborales –incluyendo aquellos malos hábitos en el trabajo que te hacen estar más cansado y fatigado– siguieron siendo inquietantemente poco saludables. Lo peor es que no estoy seguro de cómo fracasé exactamente.


Soy escritor profesional desde hace más de 20 años y he pasado por periodos de inactividad como cualquier otra persona cuya profesión se describe mejor como “los medios de comunicación”. En 2016, tras la quiebra de mi pequeña empresa mediática, entré de lleno en una caída libre personal y profesional y prácticamente no trabajé en nada relacionado con la escritura durante casi dos años. Viví principalmente de los ingresos de mi esposa mientras intentaba averiguar qué quería hacer después. Presenté un examen para ser técnico de emergencias médicas del condado de Los Ángeles con la esperanza de dedicarme a algo nuevo y emocionante, pero también virtuoso. Olvidé la puntuación exacta que se exigía para aprobar la prueba, pero quedé justo en el límite o uno o dos puntos por encima, lo que destruyó la confianza en mi capacidad para prestar cuidados vitales.


Luego flirteé con la idea de convertirme en empleado del servicio postal después de ver a un par de carteros de nuestro barrio fumando en el trabajo mientras echaban cartas en los buzones y pensé: “Eso se ve agradable”. Dejé de fumar antes de terminar la solicitud y decidí que no debía buscar el empleo porque quizá volvería a recaer en el cigarro.


Al final conseguí volver a escribir, lo que me llevó a formar de nuevo mi pequeña compañía de medios de comunicación.


Entonces, el año pasado, por razones que no puedo explicar del todo, de alguna manera me llegó una oferta de trabajo autónomo en publicaciones de renombre —como esta–, lancé un podcast y obtuve un contrato para un libro. Además, me sentí verdaderamente satisfecho con mi trabajo. Un empleo creativo estable y bien remunerado y la satisfacción —la satisfacción, gente— eran exactamente la combinación que debía resolver todos mis problemas existenciales.


Pero en algún momento me di cuenta de que la rutina de escritura a la que me ceñía cada día, que me hacía sentir alegre y satisfecho, era en realidad trabajo. Mi esposa me señaló varias veces que trabajaba constantemente, a pesar de que, como mi propio jefe, disponía de más tiempo libre que la mayoría de la gente. Pero rara vez aprovechaba esa ventaja. Ni para unas vacaciones familiares de dos semanas en verano, ni al día siguiente de operarme de la rodilla, ni cuando tuve una infección por estafilococo en el dedo izquierdo y las órdenes del médico fueron “nada de teclear durante un par de días”. (Escribía con una sola mano).


Quizá hubo un momento en mi vida en que me sentí orgulloso de este esfuerzo titánico, pero ahora, lleno de la profundidad de la mediana edad y consciente de las responsabilidades y aventuras más importantes de la vida, lo veo como un auténtico fracaso.


Le expliqué a mi terapeuta que me cuesta mucho rechazar un encargo porque cada uno de ellos llena un aspecto económico de mi vida. Por ejemplo, un encargo de ocho mil pesos paga un año de liga infantil. “No puedes vivir tu vida así”, me señaló. Sabía que tenía razón. Pero, ¿cómo soltar ese impulso? ¿Acaso no soy yo uno de los afortunados que Mark Twain celebraba: un hombre que encontró un trabajo que le encanta y que ahora no tiene que trabajar ni un solo día de su vida?


Romper con los patrones para no trabajar demasiado

Hay un meme que suele circular durante las vacaciones que muestra cómo la gente en Europa “trabaja para vivir” y los estadounidenses con cabeza de chorlito —y los latinoamericanos también lamentablemente— “viven para trabajar”. A veces el mensaje se acompaña de la foto de una mujer metida hasta la cintura en un océano lleno de espuma, haciendo malabares con su laptop y la mirada fija en la pantalla. El año pasado vi una versión de este meme en Instagram y me prometí que cerraría la computadora y la dejaría en casa más de lo que lo había hecho en 2023.


¡Y sin embargo! Ahí estaba, sentado frente a la laptop a las 8 p.m. de un fin de semana festivo, a solo un par de días del nuevo año, escribiendo este ensayo. Después de terminar éste, tenía tres tareas más que finalizar antes de que acabará el año, porque quería concluirlo con fuerza y llevar ese impulso a 2025.


Pero, ¿por qué? Se supone que debería estar recargando pilas, descansando, desconectando y disfrutando de mi familia. Pero en lugar de eso, estaba allí, delante de esa computadora, balanceándome en mi silla, ahogándome con esa sensación de que el plazo de entrega del trabajo iba retrasada. Una vez más, conseguí huir de la línea de meta, solo para correr hacia la siguiente línea de salida. Es una forma terrible de vivir.


Saqué de mi biblioteca Cómo no hacer nada: Resistirse a la economía de la atención, de Jenny Odell, para utilizarlo como referencia para este ensayo. No sabría decir dónde dejé de leerlo hace dos años, pero estoy decidido a retomarlo después de terminar todo mi trabajo este fin de semana. Lo más saludable es empezar por el principio del libro, subrayar algunos pasajes y memorizarlos. De lo contrario, corro el riesgo de acabar en el mismo punto de partida para 2026.


Y ahora que llegamos hasta aquí, no está de más que revises algunos de los libros para leer en Año Nuevo y cambiar de mentalidad para que no repitas el mismo patrón que años anteriores: 2025 puede hacer la diferencia para que, por fin, logres trabajar menos.

 

 

 

Fuente. gq.com
 

Llámanos 444833 69 19 visítanos en Julián Carrillo 120 Col. Del Valle | Contacto
© 2025 TODOS LOS DERECHOS RESERVADOS | POLÍTICAS DE PRIVACIDAD Y AVISO DE PRIVACIDAD INTEGRAL

"Este sitio web y sus páginas, son propiedad de Asesoria Potosina a la Publicidad S.C. Parte del contenido que aparece en él, incluyendo algunos textos, gráficos, datos, imágenes fotográficas, imágenes en movimiento, sonido, ilustraciones, software y la selección y disposición de los mismos, son propiedad de Asesoria Potosina a la Publicidad, S.C., de sus colaboradores, reporteros, editorialistas, periodistas, articulistas, participantes, fotógrafos y anunciantes, además algunos contenidos están sujetos a Derechos de Autor y/o Marcas Registradas; por lo que está prohibida la reproducción total o parcial de su contenido, sin el consentimiento de sus titulares. El punto de vista, de los colaboradores, reporteros, editorialistas, periodistas, articulistas, participantes, fotógrafos y anunciantes, no representan ni reflejan necesariamente el punto de vista de la empresa indicada, el cual es de la estricta responsabilidad de cada uno de ellos."